Daylin
era una chica sencilla y sensible, tenía una gran capacidad analítica y un
maravilloso pensamiento abstracto. Tras una careta de niña dulce y gentil se
encontraba una personalidad frívola y fragmentada, pero ella sabía ocultarla
muy bien. Ni Capetto ni Schuler se habían dado cuenta de lo valiosa que sería
para sus planes, pero él sí. Ella les hizo creer a sus compañeros que faltaba a
clases de Educación Física por una cuestión de salud y que era necesario que se
medique constantemente, pero nada más alejado de la verdad. Su única razón de
retirarse era una suerte de momento meditativo que ella disfrutaba a solas en
la intimidad de su cuarto. Meditaba sobre la crueldad de la vida y la
superficialidad de las personas que juzgan a otros solo por la apariencia y no por
lo que realmente hay en el corazón… Ella ya había superado esas etapas, pero a
veces regresaban como imágenes fantasmáticas que no la dejaban avanzar; así que
necesitaba de esos momentos. Ella había sido asignada por él para que informara
sobre todos los pasos, por lo menos en el campo educativo, de Schuler y
Capetto. Y vaya que lo hizo muy bien. Ella, a veces, dejaba de ir a clases por
escribir minuciosamente pequeños informes sobre los pasos de ambos, luego los
enviaba por correo a una plataforma en la red que era totalmente desconocida para
el común de la gente, pero no para él. Los informes de Daylin versaban sobre
las diferentes características que compartían Schuler y Capetto: su agresividad
con alumnos menores -de cuarto año-, sus particulares formas de escribir, sus
cortes de cabello muy parecidos, su complicidad con los chistes en clase, sus
comportamientos fuera de clase, etc. Ella, antes de enviar los informes a la
plataforma, tenía que especificar los significados de cada una de las caritas
que dibujaba junto a los escritos, muy parecidas a las de “Hello Kitty”, pues
cada una de estas concentraban informaciones valiosas que no tenían que ser
escritas. Él se percató de que aquellas caritas servirían para transmitir
información no clasificada, le bastó ver solo una dibujada en la bolsita que
cubría su mota para darse cuenta de lo valiosas que serían. Cabe destacar que,
a veces, por la premura de saber sobre ellos, él le pedía el cuaderno a Daylin
del curso que dictaba para no perjudicar sus estudios y así no levantar ninguna
sospecha sobre aquellas faltas. Asimismo, para que nadie se dé cuenta, él
también pedía el cuaderno a Gérard, otro alumno destacado de la clase pero con
pocas tendencias artísticas o, a veces, a Danielle Dupló, aunque ella se
molestase, no por prestar su cuaderno en sí sino por ser la eterna tercera
opción. Anthonino y Jack nunca se percataron que Daylin los espiaba, por lo
menos hasta que aquel día llegó...
domingo, 2 de julio de 2017
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