domingo, 2 de julio de 2017

Anthonino Capetto y Jack Schuler: Hacia un derrotero inusitado

Daylin era una chica sencilla y sensible, tenía una gran capacidad analítica y un maravilloso pensamiento abstracto. Tras una careta de niña dulce y gentil se encontraba una personalidad frívola y fragmentada, pero ella sabía ocultarla muy bien. Ni Capetto ni Schuler se habían dado cuenta de lo valiosa que sería para sus planes, pero él sí. Ella les hizo creer a sus compañeros que faltaba a clases de Educación Física por una cuestión de salud y que era necesario que se medique constantemente, pero nada más alejado de la verdad. Su única razón de retirarse era una suerte de momento meditativo que ella disfrutaba a solas en la intimidad de su cuarto. Meditaba sobre la crueldad de la vida y la superficialidad de las personas que juzgan a otros solo por la apariencia y no por lo que realmente hay en el corazón… Ella ya había superado esas etapas, pero a veces regresaban como imágenes fantasmáticas que no la dejaban avanzar; así que necesitaba de esos momentos. Ella había sido asignada por él para que informara sobre todos los pasos, por lo menos en el campo educativo, de Schuler y Capetto. Y vaya que lo hizo muy bien. Ella, a veces, dejaba de ir a clases por escribir minuciosamente pequeños informes sobre los pasos de ambos, luego los enviaba por correo a una plataforma en la red que era totalmente desconocida para el común de la gente, pero no para él. Los informes de Daylin versaban sobre las diferentes características que compartían Schuler y Capetto: su agresividad con alumnos menores -de cuarto año-, sus particulares formas de escribir, sus cortes de cabello muy parecidos, su complicidad con los chistes en clase, sus comportamientos fuera de clase, etc. Ella, antes de enviar los informes a la plataforma, tenía que especificar los significados de cada una de las caritas que dibujaba junto a los escritos, muy parecidas a las de “Hello Kitty”, pues cada una de estas concentraban informaciones valiosas que no tenían que ser escritas. Él se percató de que aquellas caritas servirían para transmitir información no clasificada, le bastó ver solo una dibujada en la bolsita que cubría su mota para darse cuenta de lo valiosas que serían. Cabe destacar que, a veces, por la premura de saber sobre ellos, él le pedía el cuaderno a Daylin del curso que dictaba para no perjudicar sus estudios y así no levantar ninguna sospecha sobre aquellas faltas. Asimismo, para que nadie se dé cuenta, él también pedía el cuaderno a Gérard, otro alumno destacado de la clase pero con pocas tendencias artísticas o, a veces, a Danielle Dupló, aunque ella se molestase, no por prestar su cuaderno en sí sino por ser la eterna tercera opción. Anthonino y Jack nunca se percataron que Daylin los espiaba, por lo menos hasta que aquel día llegó...

martes, 27 de junio de 2017

Anthonino Capetto y Jack Schuler: Acciones en el Castillo de los Misterios

5: 10 am. Aún la noche no dejaba de existir cuando se notaron las primeras sombras cercanas al Plantel, él había llegado primero para visualizar las pequeñas acciones que se hacían en torno al viaje. Jack Schuler, por una extraña costumbre que había adoptado, llegaba también temprano, solo atinó saludar a algunos padres que también compartían esa extraña costumbre. Pasado unos minutos, Capetto se hacía notar junto a sus “compañeros de aula”. El día avanzaba y los vericuetos del viaje eran más pronunciados; después de un par de horas pudieron, por fin, salir hacia aquel Castillo de los Misterios o llamado comúnmente por los locales, Castillo de Chancay. Tanto Schuler como Capetto esperaban el momento propicio para perderse entre los alumnos e intercambiar información con sus camaradas; ellos los estarían esperando en aquellas haciendas antiguas previas al Castillo y, por supuesto, en el Castillo mismo. Sin embargo, sus deseos se frustraron al no perder de vista a sus cuidadores, es decir, sus tutores de salón, que hacían un trabajo esmerado por vigilarlos. A pesar de ellos, ya se había premeditado encuentros (inevitables) en el Castillo de los Misterios. Uno se llevaría a cabo dentro de -la popularmente conocida- Casa del Terror que formaba parte del esparcimiento del Castillo. Schuler sería el encargado de ingresar y entregarle información (sobre él) a uno de sus camaradas que estaría disfrazado como un sujeto del terror, aprovecharía la oscuridad del espacio y la confusión que se daría entre alumnos de cuarto año provocada por las escenas terroríficas que se presentarían dentro. A pesar de que Schuler sabía que él ingresaría como cuidador de los alumnos, no frenó sus intenciones. Muchos de aquellos alumnos comentaron después que vieron al “alumno Jack” golpear a uno de esos sujetos del terror, pero lo que realmente sucedió fue un intercambio de información… pero esa situación no pasó inadvertida para él. Por otro lado, Capetto haría algo parecido en la parte más alta del Castillo; por un descuido de los cuidadores, Anthonino subió con sus “compañeros” hacia esa parte y escribió sobre las paredes, rápidamente, información que se había obtenido sobre él hasta ese momento; el código morse era el elegido. Curiosamente, el cuidador para bajar a los alumnos fue él, quien pasó quietamente frente al código escrito. Él empezó a unir cabos sobre lo que había visto y leído, y las situaciones anormales que se habían presentado con esos “alumnos”, así que trazó un plan para identificarlos y definir a qué agencia pertenecían y qué es lo que había detrás de todo ello. Durante el camino de regreso, aprovecho un juego que se hacía en la parte trasera del carro con los grupos de cuarto y quinto, consistía en dejar a un alumno sin su sitio establecido y para ello se valían de muchas formas. Él, primero llamó a Schuler y luego a Capetto para preguntarles sobre un asunto de relativa importancia (si habían recibido una ficha de evaluación) y, para no ser tan evidente, les hizo creer que él formaba parte del juego al llamarlos para que perdieran sus sitios, por lo menos esa fue la idea que se llevó Capetto. Pero todo formaba parte de un plan: tomarles una fotografía de rostro a cada uno para investigarlos e identificarlos en una lectora de rostros, una máquina muy sofisticada que él poseía. El objetivo era conocer muy bien a los posibles “enemigos”.


sábado, 3 de junio de 2017

Anthonino Capetto y Jack Schuler: La travesía incierta en el mundo de las letras


La tarde había llegado con nubes grisáceas, el timbre indicaba que ya era la hora de almuerzo, Anthonino caminaba libremente por el pasillo del salón con la sola idea de decirle que ellos eran agentes encubiertos, de que realmente tenían treinta y que lo estaban investigando por trata de blancas, claro está, Jack solo asentía con la cabeza que todo era verdad, mientras que Anthonino sacaba un cargador portátil de la carpeta haciéndole creer que era una especie de comunicador por el que informaban todos sus pasos. Todo estaba calculado, dirían eso solo con el fin de no ser descubiertos, lo engañarían con la pura verdad y actuarían como payasos para distraerlo totalmente, incluso dirían que tenían un canal en YouTube en el que mostraban todas sus hazañas anteriores; pero lo que realmente era no escapaba de ser una estrategia minuciosamente armada, era un puente por el que informaban, mediante lenguaje no verbal, todos los datos que obtenían de él. Hacía ya cuatro meses que lo estaban observando, consideraron que el inicio del año escolar sería una buena excusa para insertarse en su mundo: la educación y las aulas. Era necesario que todo tendría que ser muy normal y corriente, que tendrían amigos ya de mucho tiempo atrás e incluso una enamorada por parte de Schuler para no despertar ninguna sospecha, así que manipularon a una niña del aula llamada Danielle Dupló para que fingiera ser pareja de Jack. Todo lo habían estudiado con meticulosidad, nada debía salir mal sino serían atrapados por él. No es de extrañar que se habían creado perfiles falsos, familia falsa, amigos falsos y claro está, edades falsas. Se valieron de su juventud para aparentar que tenían dieciséis y que podían interactuar con adolescentes como los que había en el aula. Los meses pasaron y no despertaron ninguna sospecha, querían buscar algún indicio que revelara su conexión con la mafia, pero no la hallaban. Ellos pensaron que él no se había dado cuenta de los actos ocultos que hacían tras bambalinas y, era cierto, él no lo notaba hasta aquel día que se llevó a cabo la visita que tenían los alumnos hacia un lugar llamado “Castillo de Huarmey” …

jueves, 25 de mayo de 2017

No somos nada

Aldo Dall’Orso (Lima, 1961) es poeta y escritor autodidacta, actualmente radica en Canadá. Su narrativa publicada consta de cuentos cortos aparecidos en algunas columnas periodísticas en Canadá y E.U.A. (Miami). Este es su primer libro de cuentos,  recopilación de los que ya había publicado en aquellas columnas. El libro aborda historias con circunstancias cotidianas llenas de un matiz satírico, que no tiene otro propósito más que censurar conductas, formas de pensar y complejos, estos quedan interiorizados en los personajes, quienes deberán afrontarlos en un determinado momento para que, al final, tomen consciencia de lo importante que ellos son.
Los primeros ocho cuentos tienen un hilo conductor similar: el uso del elemento satírico y la profundización del pensamiento personal, de ahí la predilección por el narrador en primera persona; los personajes concentran miedos, guardan rencores, llevan una vida apática, muchas veces, hasta el encuentro con una situación inesperada, la cual les servirá para el desahogo de sus frustraciones y la superación de sus complejos, «Cara de payaso» y «Nada personal» son un buen ejemplo de ello. Los siguientes dieciséis cuentos se enmarcan en el tema de las apariencias, la hipocresía, las desigualdades sociales y la falta de identidad; prima los diálogos y el tono casual; predomina el narrador en primera persona, aunque algunas veces aparece el narrador omnisciente; es constante el uso de la ironía, lo que motiva a una lectura más agradable, «La huida del paralítico», «Dios los cría y el diablo los junta» y «No todo lo que brilla es oro» muestran estos elementos.
Son relatos con distintas circunstancias y diferentes niveles de tensión, lo que pasa en ellos resulta singular pero, muchas veces, caen en lo previsible: la historia de amor llena de apariencias, interrumpida por un desborde de agresividad del hombre que cambiará la percepción que tiene ella de él («El día de sereno»); el rencor guardado de un padre que no consiente a su única hija tener enamorados puesto que a él, cuando era joven, no le permitieron ello porque era  pobre, inferior y no llenaba las expectativas («La pedida»); un hombre que radica en Canadá, se siente atormentado por los recuerdos de su antigua patria, estos  no lo dejan vivir tranquilo y lo incitan a volver («Todos vuelven»).
Sorprende, además, las reflexiones y descripciones de los protagonistas, los cuales poseen una dimensión  psicológica que servirá para crear una atmósfera de perplejidad e incertidumbre, por ejemplo en «El maestro», el personaje queda sorprendido al escuchar una noticia que cambiará su vida, pues siempre había algo en él que lo atormentaba y frenaba hacia el éxito, el cambio afectará todos los niveles de su vida, reconfigurando así toda su personalidad.
Debido a que impera la anécdota simple, no se muestran muchas técnicas narrativas salvo los diálogos y el flashback, que generan en el relato expectativa e intensidad narrativa. El tratamiento del lenguaje es sencillo y fluido, de ahí una lectura factible; además,  los diálogos se enmarcan en lo coloquial, y exponen algunas frases típicas limeñas: combis asesinas, buscar chamba, recurseo haciendo taxi, misios, etc. («No somos nada»); por cierto, en muchos de los cuentos aparecen algunos nombres y frases en inglés: parking, party ( «Party»), strangers, rock and roll, blues, show ( «Insólita noticia»)  son un ejemplo de ello.
Asimismo, podemos identificar a los cuentos como un conjunto de voces que llaman a una reflexión, pues los personajes se muestran afectados, directa o indirectamente por situaciones anteriores de sus vidas, ellos mantendrán sus complejos de dejadez, inseguridad,  timidez o incluso inferioridad hasta un momento límite en el que tendrán que afrontar sus grandes obstáculos, utilizando, para tal fin la ironía y la sátira, que llevan, desde luego, a un desconcierto del lector; los cuentos «Nada personal» e  «Idiosincracia» son claros ejemplos de esta definición del hombre, en ese sentido, el humor negro se manifiesta en los relatos con mucha sutileza e ingenio, sin llegar, desde luego, a la burla.
No somos nada se revela como una propuesta original e interesante en el ámbito literario local, tanto por la temática como por la configuración de los relatos y del libro en su totalidad. Dall’Orso imprime a sus páginas un ritmo cadencioso y elocuente, para reflejar una delgada anécdota junto con la sensación de asombro que se inscribe en la secuencia ficcional. Su narrativa implica, un análisis de la realidad y de los elementos que nos constituyen como personas, cuestionándonos y cuestionándolo todo; construye mundos en los cuales aflora el titubeo y la vacilación en espera de la seguridad y fortaleza, enmarcados en una sutil ternura no tan lejana a una ingeniosa crueldad. Esa es la esencia de este libro.

Más extraño que la ficción

Harold Crick es un individuo totalmente monótono y apegado a la rutina, su vida está totalmente milimetrada por un reloj, cuenta las veces que se cepilla sus dientes exactamente 76 veces (38 verticalmente, 38 horizontalmente) e incluso cuenta el número de pasos a su trabajo, digamos que su vida está matematizada por completo; él encuentra en su soledad la manera cómo debe de vivir —o no vivir plenamente—, pues ha hecho de su vida un círculo vicioso del cual no parecería haber salida, cabe señalar además, que es un auditor de los Servicios de impuesto.
Un día, Harold comienza a oír una voz femenina que describe lo que él hace, como si se tratara de un personaje literario, él intenta comunicarse con la voz, pero se da cuenta que ella no lo puede oír. Cuando cambia la hora de su reloj (por una circunstancia muy extraña), la curiosidad por la voz se transforma en ansiedad cuando dice que se está acercando a su muerte inminente. Él va a la consulta de un psiquiatra, quien atribuye la voz a la esquizofrenia. Sin embargo, luego que Harold le dice que no se trata de esquizofrenia, el psiquiatra le recomienda ver a un experto literario. Harold visita a Jules Hilbert, profesor de universidad, para que le aconseje cómo cambiar su destino, este entiende que es una tragedia, y elabora una lista de posibles autores que podrían estar escribiendo la historia.
Mientras tanto, Harold se enamora de Ana Pascal, una joven a la cual hace auditoría, quien trabaja como panadera, ella ve la vida de otra manera, saca la parte más ocurrente de alguna circunstancia, no duda en amargarse, en disgustarse; le place lo que trabaja y le hace sentir feliz. Harold sigue el consejo de Hilbert y comienza a vivir de una manera diferente, dejando de lado la  preocupación por su terrible muerte.
Harold se aproxima más a Ana Pascal (que por cierto, tiene un apellido muy paradójico), se interna en la intimidad de su trabajo, creando una muy buena excusa, él solicita revisar sus últimos recibos de pago de impuestos, ella le otorga los recibos pero con un pequeño detalle: están totalmente desordenados, Harold se queda horas buscando y conversando con Ana; él se olvida de su vida perfecta, de su trabajo, incluso su forma de vestir cambia; busca de alguna manera que su vida tenga un “final feliz”, pero le resulta difícil, pues la manera como ha vivido le trae muchos rezagos, la apatía, el desinterés y la desidia no lo dejan avanzar, cabe resaltar una escena importante: Ana le prepara algunas galletas, sin embargo él no las acepta por formalidad, no quiere deberle nada a nadie, Ana insiste pero recibe un no categórico, es en ese momento que Harold se da cuenta del gesto de cariño, de generosidad, pero ya es demasiado tarde, Ana se resiente y él entiende que su vida está destinada a ser una tragedia.
Después de un tiempo, Harold insiste en su vida sin un destino trágico, trata de reparar su relación amical con Ana, le lleva unas bolsas de harina, las cuales Ana las acepta después de una corta conversación, entran a su casa, ella prepara un lonche, mientras él encuentra una guitarra en la casa y empieza a tocarla, sus recuerdos posiblemente de juventud regresan y canta, Ana, que está en la cocina, escucha su cantar, se sorprende de ese gran cambio: un hombre apegado a los números se interesa en la música—o más bien, regresa a la música—, Ana comprende que ya no es la misma persona, que tiene nuevas sensibilidades, es entonces que florece el amor.
A pesar de todo ello, Harold insiste en su búsqueda, descubre quién es la narradora, el profesor le anuncia malas noticias: en todos los libros de esa escritora, el protagonista muere. Harold la busca, cuando se reúne con ella en su apartamento, le dice que es Harold Crick, el protagonista de su libro. Ella le entrega el libro, cuyo final aún no está mecanografiado. Harold no se atreve a leerlo, y se lo entrega a Hilbert para que lo haga primero.
Cuando Harold recibe el libro de Hilbert, el profesor le dice que es una obra maestra, y que su muerte es necesaria para la historia. Harold sube a un bus y comienza a leer el libro, cuando termina, visita a la escritora, y le dice que aceptará su muerte—esta es la parte inicial de la reinvención del personaje—, ya que esa era una obra maestra. Harold pasa su última noche con Ana, medita mucho y despierta para enfrentarse a su destino.
Karen (la escritora) narra la vida del protagonista: cómo se levanta, se prepara para ir al trabajo, y su espera del bus. La narradora explica que cuando Harold cambió la hora de su reloj, estaba tres minutos adelantado, lo que sería la principal causa de su muerte. Mientras espera el autobús, Harold salva a un niño en bicicleta de ser atropellado, recibiendo él a cambio dicho impacto.
Karen decide no matar a Harold, quien irónicamente es salvado por su reloj, ya que este detiene una hemorragia mortal. En el hospital, Harold es visitado por Ana, él comprende que la escritora le dejó vivir, es entonces cuando su sentido de vida cambia—una vez más, movido siempre por el juego lúdico de la película—; se connota que a partir de esta escena, la vida del protagonista dará un giro radical, aprovechará los pequeños momentos que enriquecen la vida, aquellos bellos detalles que le dan dulzura y sentido a nuestra existencia.


Nunca sabré lo que entiendo

ADAUI, Katya. Nunca sabré lo que entiendo. Lima: Planeta, 2014. 66 pp.

¿Qué criterios nos configuran? ¿Cuál es el peso de los otros en nuestra vida? ¿Cómo se edifica la memoria? A través de una prosa de contornos líricos y de naturaleza dinámica, así como una narración fragmentada, Nunca sabré lo que entiendo penetra en nuestros vacíos y grietas, con el objetivo de indagar en ese misterio que somos nosotros mismos. El viaje es la excusa perfecta para el proceso de autoconocimiento. La reflexión acentúa este asunto, pues permite la huida del presente hacia la vida pasada, hacia los recuerdos que advienen en esta ausencia de nosotros mismos. Sin embargo, Adaui no descuida el presente, este juega con el escape del sujeto para crear puentes que actualizan la vida misma.
 Lo que desde el inicio es un viaje en tren de una muchacha, sentada frente a un extraño, termina siendo un traslado hacia un lugar desconocido en el que agolpan los recuerdos que la atenazan a una vida pasada: su pareja, la nostalgia y la libertad. La narración sigue la libre asociación de ideas que la protagonista desarrolla mientras se traslada; al final, la aguarda la ilusión de comprender su propia aventura. El relato resulta espontáneo y sencillo, virtudes que encontramos en la escritura de Adaui. El empeño por forjar un estilo personal es, tal vez, la nota característica de esta novela. Sin embargo, por momentos hallamos un afán exagerado por la fragmentación, que resulta agobiante en el devenir del desarrollo novelesco.

A pesar de aquello, la obra tiene virtudes como su sobrio detallismo, la conjunción del relato directo con el irónico, el tono sutil de la evocación literaria y las imágenes altamente gráficas. Así, con esta osada primera novela, luego de dos colecciones de cuentos muy celebrados, Katya Adaui incursiona la aventura de indagar nuestra propia existencia y esencialidad. Al final de cuentas, todos somos resultados de viajes subsecuentes, aquellos que constantemente nos descentran y cuestionan. Por ello, la novela es una invitación a reinventarse desde adentro, a someternos con exploraciones nuevas para engendrar inusitadas imágenes de conocimiento, ya que estas siempre nos invocan cuando regresamos a nuestras tragedias cotidianas.

Por: Abel Poma Rivas

miércoles, 24 de mayo de 2017

Fragmentos (1)


...a pesar de ello, Ethan dibujó una sonrisa en su rostro; hacía mucho tiempo que no sentía esa sensación de alivio, de carga ligera, pero la tormenta seguía mostrando su peor cara allá afuera. Saberse indefenso y vulnerable trastocaba cada latido de su corazón, la sola idea de haberse quedado totalmente solo y a merced de la inestable naturaleza infundía en él un estremecimiento de tipo cataléptico; el sudor delineaba cada angustia emergida de su cuerpo, las gotas caían a raudales como queriendo salirse de él, sin acaso un solo gesto de ternura para aquel indefenso hombre. Caminó unos pasos por el corredor, llegó hasta su cuarto y encendió una débil luz; mientras se sentaba al lado de su cómoda repetía a cada instante la única frase que lo animaba siempre y lo hacía sentir muy bien: “yo soy feliz”. Después de una hora, el silencio había gobernado toda su vida; él en cuclillas y con el rostro sobre las rodillas imaginaba su entorno como una gran nube gris en la que él era el centro y, sus manos, calibraban cada espesura de aquella atmósfera lúgubre, cualquier movimiento sería el fin de todo ello, y fue justamente lo que pasó. Solo le quedaba esperar el amanecer pero no sabría cómo enfrentarlo ahora; todo había cambiado, su esencia aún seguía zigzagueando sin un rumbo fijo, descolocada totalmente, pero esta vez con un color hermoso y lleno de vida. Todavía ensimismado y con los ojos graficando un eterno vacío, recordó unas palabras tiernas que había escuchado la noche anterior; giró la mirada e inmediatamente sus ojos reflejaron unos hilos de vida que emanaron de su esencia, se dispuso a abrir el último cajón de su cómoda, una idea lo impulsaba, sí, era una idea atesorada en su memoria que había permanecido latente y alejada de sus recuerdos recurrentes. Encontró las fotos, muchas de ellas, pero solo su afán actual quería algunas, solo tres, eran las únicas que importaban en ese momento. Después de luchar con muchas de ellas pudo encontrar una, la más tierna de las tres, en la que aparecía junto a Miyu, Noah y al quien siempre consideró como su mejor amigo, llamado…

Por: Abel Poma Rivas